Indigenous community in the Amazon, buildings on either side of green grass, cloudy sky

Desde ahí emprendimos una travesía fluvial de tres horas en una lancha a motor hasta nuestro destino junto al equipo de la Asociación para la Investigación y el Desarrollo Integral (AIDER), miembro de FSC Perú.

Mientras más navegábamos por el caudaloso río Ucayali, el bosque tropical iba ganando terreno en ambas orillas. Algunos delfines rosados trataban de hacerle competencia a la lancha, dejándonos apreciar sus brillantes aletas dorsales bajo el sol que ya quemaba como si fuera mediodía. Algunas garzas descansaban en los troncos que flotan a lo largo de la ribera, mientras que otras especies de aves se animaban a iniciar su jornada de pesca. Ellos seguían su rutina en su hábitat, nosotros éramos los invitados.

Tras casi dos horas de viaje, alcanzamos la entrada al río Callería, el cual es más pequeño y menos caudaloso. Una vez dentro de esta ruta, los sonidos de la selva se incrementaron considerablemente, todo el ecosistema nos daba la bienvenida. Aquí ya no había grandes embarcaciones y el tráfico fluvial era bastante limitado. Sin embargo, debíamos navegar a baja velocidad para evitar cruzarse con las trampas de pesca. Poco antes del mediodía, llegamos a la comunidad que lleva el mismo nombre, donde fuimos recibidos con mucha alegría.

La comunidad de Callería tiene una zona de expansión urbana, un área agrícola, otra de caza y el bosque. En ella viven alrededor de unas 50 familias de la etnia Shipibo-Conibo, que cuenta con su propia lengua, aunque la mayoría también habla el español. Sus actividades económicas principales son el aprovechamiento de la madera, la pesca de río y la venta de artesanías, esto último responsabilidad casi exclusiva de las mujeres.

En la zona urbana hay una rúa principal cubierta de vegetación en la que revolotean las gallinas libremente. A ambos lados, se ubican las casas y el local comunal, los cuales están a unos 2 metros sobre el nivel del suelo. El motivo de esta elevación es que entre los meses de enero y abril, las lluvias hacen que el del río crezca considerablemente y la zona queda totalmente inundada. En esa época, las canoas artesanales son el único medio de transporte y no es posible entrar al bosque.

Two brightly dyed, intricately patterned cloth side by side on wooden floor

En décadas pasadas, el aprovechamiento forestal de parte de la comunidad era realizado sin ninguna planificación. Los pobladores y otras personas ajenas a la comunidad se dedicaban a talar sin restricción las especies de árboles que tenían mayor demanda entre los comerciantes de madera de Pucallpa. Sin embargo, con el transcurrir de los años, se fueron percatando que cada vez era más difícil encontrar los ejemplares, lo mismo pasaba con las cortezas que utilizan las mujeres para teñir sus textiles artesanales. El bosque les estaba dando un mensaje fuerte y claro.

A partir del año 2000 con la llegada de AIDER, la comunidad inicia un proceso de análisis y reformulación del aprovechamiento forestal con un enfoque sostenible. Tras cinco años de trabajo y mucho compromiso, se convirtieron en la primera concesión comunitaria en obtener la certificación de manejo forestal FSC. El aprendizaje y puesta en valor del bosque continúa vigente, lo que les ha permitido ver el gran potencial que les ha sido otorgado por la naturaleza.

Para Alba Solis, Directora de FSC Perú el trabajo y alianza de las comunidades indígenas shipibo con AIDER marcaron un hito para FSC en el país: “fueron una de las primeras iniciativas certificadas que vieron la importancia y beneficios de la certificación y han venido trabajando incansablemente para conservar su hogar: el bosque tropical amazónico”.

A man in forest worker gear stands beside tree trunk in Amazon

Cuidando el bosque amazónico

A unos 15 minutos en bote desde la zona de desarrollo urbano de la comunidad se encuentra el área de producción forestal. Equipados con botas altas de jebe, chaleco reflectante y casco de protección, emprendimos el camino dentro del bosque. El canto de las aves y los colores de los insectos nos dieron la bienvenida.

Siguiendo el modelo de manejo forestal, la concesión está dividida en diversas Unidades de Manejo Forestal (UMF) y la comunidad solo aprovecha  parcialmente una de ellas cada año. Para verificar que los estándares se están cumpliendo, ellos son sometidos periódicamente a una auditoría obligatoria llevada a cabo por entidades independientes.

Adicionalmente, hay otras hectáreas protegidas para propósitos de conservación. Jacobo Rodríguez, miembro de la comunidad, nos comentó: “Aquí estamos nosotros, para que más adelante la comunidad de Callería siga teniendo bosque. Para que nuestros hijos y nietos tengan árboles y puedan seguir trabajando con la naturaleza”.

Tras varios minutos de caminar entre la vegetación y los árboles, llegamos a una parcela que había sido aprovechada recientemente. Ahí, los responsables de la comunidad nos mostraron algunas bases de árboles remanentes. Éstos estaban bastante distanciados unos de los otros, en medio de los cuales había varios que permanecían intactos. Algunos tenían pintado en el tronco la letra “S”, lo que indica que se trata de un árbol semillero, los que contribuirán a la regeneración del bosque.

Alfredo Rojas, uno de los responsables del manejo forestal, nos contó que para el aprovechamiento, primero la comunidad se reúne en una asamblea en la que elaboran un plan operativo. Luego se organizan en brigadas para hacer el censo del bosque. Posteriormente, acondicionan el área para que puedan operar siguiendo los lineamientos establecidos. “De ahí aplicamos la tala dirigida, respetando los diámetros mínimos de corte y el menor impacto en el suelo y vegetación. Antes no aprovechábamos de forma planificada. Ha sido todo un aprendizaje”.

Mientras más nos adentrábamos y visitábamos otras parcelas donde hubo actividad extractiva hace varios años, más nos maravillábamos de cómo el manejo sostenible permite que los bosques se conserven. Éstas se veían ya cubiertas de vegetación y nuevos ejemplares de árboles se sumaban a aquellos que se mantuvieron intactos de acuerdo al plan de manejo.

“El manejo forestal sostenible nos trae muchos beneficios. Hemos mejorado la infraestructura de nuestras casas, generamos puestos de trabajo, podemos auto sostenernos económicamente y, al mismo tiempo, contribuimos a la conservación del bosque”, nos comentó Alfredo.

Actualmente solo aprovechan 4 de las 86 especies maderables identificadas en la zona productiva: Capirona (Calycophyllum spruceanum), Quinilla (Manilkara bidentata), Lagarto (Calophyllum brasiliense) y Utucuru (Septotheca tessmannii). Tras la tala dirigida, el siguiente paso es la transformación primaria de la madera, para lo cual utilizan las motosierras y otros equipos que tienen a su disposición. Acopian el material, lo sacan del bosque y lo llevan hasta el puerto de Pucallpa. Una parte es para la venta y otra va al Centro de Innovación Tecnológica (CITE) Indígena que se ubica en la ciudad.

“Por el momento, el volumen de madera ilegal en el mercado hace que los precios no sean muy altos. Pero tenemos la confianza que no estamos lejos de conseguir el objetivo. También nos motiva el hecho de que estamos dejando un legado para las próximas generaciones, asegurando su futuro y contribuyendo al mundo, mitigando el cambio climático”, nos señaló Alfredo.

five women sit with their weaving laid out in front of them

Tejiendo tradiciones

De vuelta a la comunidad, acompañamos a un grupo de mujeres a una cabaña donde se reúnen para el diseño y bordado de telas que luego utilizan para confeccionar diversas piezas, desde posa vasos, caminos de mesa, bolsos, faldas y pantalones hasta enormes y hermosos telares que pueden decorar cualquier ambiente de la casa. Todos ellos son elaborados con mucho cariño y cuidado por ellas, un arte que ha ido pasando de generación en generación. “En todos estos años la comunidad de Callería ha ido reinventándose e innovando de la mano de AIDER para generar mayores beneficios y afianzar el rol importante que tienen las mujeres en estos procesos", agregó Alba Solis de FSC Perú.

Para elaborar estas obras de arte textil, el primer paso es conseguir la tela de algodón blanco del puerto de Pucallpa. Luego la cortan en cuadrados de alrededor de 2.5 metros para que sea más fácil su manipulación. El teñido se realiza con cortezas de árboles y otras plantas del bosque comunitario. Utilizan diversas especies dependiendo el color que le quieran dar. Por ejemplo, la del Yacushapana tiñe de marrón oscuro, mientras que la del Ushinpocote da un tono ocre. Antes de iniciar el plan de manejo forestal, las mujeres debían adentrarse cada vez más en el bosque para encontrar los árboles de cuyas cortezas elaboran los tintes para las telas. Ahora ya no necesitan caminar días sino unas horas para encontrar los ejemplares ideales.

Las cortezas se hierven hasta que sueltan toda su esencia y es ahí cuando sumergen la tela. Más tarde, al enfriarse la olla de cocción a leña, las telas son tendidas sobre el suelo para que se sequen uniformemente bajo la luz del sol. Una vez que están listas, las transportan a la cabaña y dibujan sobre ellas los diseños ancestrales con sumo cuidado, tatuando el algodón con su historia.

Los dibujos son pintados con delicadeza con el barro del río, rico en nutrientes. Eso penetra las hebras de algodón dándole personalidad a la pieza textil. El siguiente paso es lavarlo, tras lo cual queda solamente lo más profundo de la mezcla. Finalmente, las mujeres bordan con hilos de colores la tela, siguiendo los patrones del diseño plasmado y generando un contraste que resalta a la vista. Todo este proceso tarda alrededor de 15 días de trabajo manual.    

Sarela, una de las líderes del grupo y esposa de Alfredo, nos cuenta: “Me gusta el bosque porque puedo aprovechar la corteza de los árboles para mi trabajo de artesanía. Mi madre me enseñó a dibujar y diseñar desde chiquitita la flor de ayahuasca. Me da mucha seguridad saber que los insumos provienen de un bosque que está bien cuidado y va a seguir ahí con el paso de los años.”

Nos confesó que realizar este arte tradicional la hace sentir muy bien porque conecta con su cultura y también puede contribuir económicamente a su hogar. Los ingresos que recibe por la venta de los productos a quienes visitan la comunidad y lo que obtiene su esposo, les ha permitido enviar a su hijo mayor a estudiar en la ciudad de Pucallpa. “Me gustaría que la gente venga a conocer Callería, nuestro trabajo y la naturaleza”.    

Tras almorzar “carachama”, una especie de pescado de río, acompañado de arroz y plátano, nos preparamos para abordar la lancha de regreso a Pucallpa. Antes de partir Alfredo nos pidió que comuniquemos un mensaje de su parte: “Vengan a conocer la comunidad de Callería y al bosque, cómo trabajamos y nuestras técnicas. Estamos dispuestos a compartir nuestras experiencias para colaborar con el mundo”.